El fotobordado surge como una práctica que cruza el papel con el gesto textil, incorporando al campo visual un hacer históricamente ligado al tiempo, la repetición y la memoria. Al intervenir imágenes mediante el bordado, se desplaza de la figura su condición fija y se convierte en un terreno abierto a la transformación simbólica.
En la práctica, desarrollo el fotobordado a partir de fotografías o ilustraciones propias y de archivo, que son intervenidas con hilos como un acto consciente de resignificación. El bordar introduce un ritmo pausado, corporal y temporal que altera la superficie de la imagen, la marca y la expande. Cada puntada funciona como un gesto que reescribe la fotografía, activando nuevas lecturas y sentidos desde la materia y el tiempo.
Desde una dimensión terapéutica, es una técnica que facilita el trabajo de procesos vinculados a la memoria, la elaboración y la transformación de la experiencia. El ritmo del bordar favorece la presencia y la conexión con el cuerpo, mientras que la intervención del papel habilita un canal de comunicación simbólico con lo vivido. A través de este proceso, la fotografía pasa de ser un registro cerrado para convertirse en un espacio de recodificación, cuidado y elaboración subjetiva.
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